domingo, 21 de marzo de 2010

La llamada de la selva.

Describe Edgar Rice Burroughs en su novela Greystoke una situación infinitamente humana, ancestral y primitiva.
En un tramo de la novela describe como este joven noble nacido y criado en la Selva se haya en plena adaptación a un nuevo mundo urbano, social y clasista. Dominando poco a poco el obligado protocolo o el uso de los cubiertos cuando unos meses antes desgarraba con su cuchillo las presas.
Cuando comienza a ser admitido y atrapado por la sociedad sucede que inevitablemente el rumor de las hojas del bosque, que el bramido de los gamos o el canto del búho destape su necesidad de escapar y fundirse en la noche, en la espesura y en la naturaleza. Algo que forma parte de su ser. Algo que le arrastra irremediablemente a dejar aquel mundo y regresar a la selva.
Sirva el ejemplo para describir algo que me perturba mi interior cíclicamente.
Esa llamada del espíritu nómada, la del cazador, la del trasnhumante que no te permite echar raices en ningún sitio porque necesitas seguir tu camino.
La mochila ligera, los enseres justos, lo imprescindible e imperecedero. Un montón de recuerdos que nos acompañarán siempre pero que no deben ser ancla.
Por que se hace camino al andar.

3 comentarios:

Mikel dijo...

Que sepas que he sido tu visita número 10.000, ¿dónde está mi regalito?

Por un lado tus palabras me entristecen, hacen pensar que no hemos sabido darte lo que necesitas. Por otro, me alegra que no cambies, que sigas sintiendo esa llamada que da vida.

Además, siempre podremos ir a la selva de visita.

Mildolores dijo...

¡Que estúpido me siento cada vez que recuerdo haberte preguntado porque no corres más carreras de asfalto!

Este escrito lo dice todo.

Prisillas dijo...

Mikel, ya tienes otro perrito piloto... Por otro lado no hay motivo para entristecerse. Aquí de momento no hay hechos consumados. Nada es eterno hay que saber disfrutar cada momento y hay que asumir que la vida es un abrir y cerrar etapas.
Mildo, no voy a negar que el monte me abre una ventana a mi propio interior. Hablo aquí de esos momentos que huimos del gregarismo, de la manada, donde necesitamos sentir la soledad del desafío. Nuestro deporte tiene mucho de eso, de introspectivo de paz interior y libertad individual.