lunes, 11 de abril de 2016

Letargo.

A veces pasa sin saber muy bien el porqué. Sin un motivo aparente o con el. Momentos de vacio o saturación en los que no tienes nada que compartir o bien simplemente no quieres hacerlo. Sencillamente de ausencia. Porque sí. No puede explicarse. No es necesario hacerlo. Sobra.
Un buen  día te desperezas y despiertas de ese letargo. A veces porque tienes algo que hacer u ofrecer. Otras contrariamente no puedes hacerlo aunque quisieras y valoras más aquellas que has realizado. Porque sientes que merece la pena estar vivo, sentirlo y demostrarlo. Desde el pasado o hacia el futuro.
El pasado año fue magnifico en su faceta deportiva. Sin lesiones y alcanzando cada uno de los objetivos que me fui marcando, con "solvencia" salvo el MAM, pero se sacó adelante. Aquello me dejó en un stanby del que parecía no querer salir. Saborear cada momento ha sido una delicia y una satisfacción.
Este año por contra, comenzó con apatía y se fue torciendo hacia el camino de la lesión. Ahora, en este momento, donde la salud no es completa, es justamente donde la bofetada de la realidad hace que uno despierte. Toca remar contracorriente porque hay citas que no puedo perdonar y, con ellas renovar mis deseos de soñar con alcanzar metas y objetivos que aún no he logrado. 
Objetivos que no por ser más modestos dejan de ser menos intensos. No hay sueño pequeño ni meta que no merezca la pena.
No somos eternos, por eso es un pecado dejar escapar el tiempo, dejar de sentirnos vivos.