domingo, 17 de noviembre de 2013

Búsqueda.

Aunque en algún momento he dudado entre acudir a la quedada del grupo o salir en solitario lo tenía claro, era algo que necesitaba. Necesitaba escuchar mi cuerpo, sentir el monte y sacar mis pensamientos. 
Salir en grupo es divertido. La doble A está presente en mi día a día, pero hoy tocaba otra cosa. Sensaciones propias, ritmos propios.
Dejo el coche en la Fonda Real y me pongo en camino. La temperatura 1º centígrado y nieve húmeda cayendo del cielo.
Me pongo en camino por la pista que discurre paralela a la carretera que finaliza en el embalse del Navalmedio. Me acompañan una pequeña mochila y mis palos de senderismo. Para mi, acarrear los palos suponen un chip instantaneo de ritmo trailero, justo lo que necesito hoy. Chip de "montañero" arraigado en muchos días de paseo por tierras asturianas. Los palos me dan la fuerza suplementaria para afrontar las subidas y me ralentizan lo suficiente en las bajadas como para no comportarme como un alocado runner.
Así, con ese discurrir poco a poco voy cogiendo ritmo. El que mis piernas necesitan. El que desde unos meses atrás a esta parte no termino de encontrar desde la lesión que sufrí días antes de Zegama.
¿Será hora de parar?. Puedo considerarme afortunado. Desde 1989 mis zancadas han discurrido día trás día. Atrás han quedado esguinces, periostitis, un quiste de backer, alguna sobrecarga y... ¡poco más!. Cuando vuelvo la mirada soy consciente de que realmente poco me puedo quejar. Aún así, estamos tan acostumbrados a disfrutar con la intensidad de nuestro esfuerzo que sentirnos membrados de facultades nos afecta enormemente.
Los años no pasan en balde. Nuestra capacidad de recuperación disminuye. El desgaste físico y mental... ¿merece la pena seguir al 40, al 60 o al 80%?. Esa pregunta cada vez acude con mayor frecuencia a mi interior y cada vez me cuesta más contestarla.
Pero aquí estoy hoy buscando respuestas. Dejo la puerta que impide el paso del ganado cerrándola trás de mi y giro a mi derecha para comenzar la subida que me llevará al Ventorrillo. Me giro para disfrutar de la imagen del embalse recibiendo los copos y continuo el ascenso por el desvío de la izquierda que poco más tarde se convierte en una estrecha senda de zetas que es una trailera conocida como el carril del miedo. Las jaras y la retama dejan en mis piratas sus depósitos de nieve. El paisaje se vuelve más bonito a cada zancada, a cada metro de altitud ganado.
Ventorrillo. La nieve ha pasado a ser polvo desde hace un rato. Me encamino hacia el camino del Calvario con la idea de bajar por el árbol encadenado. En uno de los giros de repente un emocionante encuentro con tres jóvenes corzos. Los dos primeros trepan rápido pendiente arriba. El tercero queda unos segundos detenido, igual que yo en ese instante. Nuestras miradas se sostienen, ambos nos sentimos seres de la montaña en esos instantes hasta que el animal ágil y raudo sigue a sus compañeros. Respiro aire profundamente y reanudo mi camino.
Cuando llego al desvío del árbol encadenado decido seguir un tramo. Me encuentro bien y apenas llevo algo más de 4 km. Decido seguir la subida hasta los 5. Ahora piso ya una capa de unos 10 cm de nieve en algunos momentos. Escucho el crujir de los cristales de agua en mi avance. Subo hasta el final de la pendiente, justo cuando se gira a derechas y hay un pequeño claro que precede al comienzo del camino con sus tapas de canalización. Ha parado brevemente de nevar. No se escucha sonido alguno. El viento ha amainado. Todo es quietud, silencio. Saboreo nuevamente estos instantes.
¿Soy un empecinado al continuar saliendo en estas condiciones físicas?. ¿Parar totalmente es la solución?. En todo este tiempo aflojar, moderarse, siempre fue suficiente. Aprendí a convivir con molestias y mi cuerpo se adaptó a las circunstancias. ¿Pero será siempre igual?. ¿Es esta vez diferente? ¿cuál es la profundidad de la herida?. ¿Tiene remedio?.
Vuelvo sobre mis pasos. Disfrutando de la moderada pendiente de bajada. Me reencuentro con mis propias pisadas. Me muestran una zancada regular y alegre, Pero sobre todo firme, profunda. Quizá esas mismas zancadas me esten dando la respuesta. O al menos el camino. Si me llevaron hasta aquí como dice mi compi del alma quizá no sea "tiempo de dudas".
Alcanzo enseguida el desvío del árbol encadenado y desciendo utilizando los palos como freno en una pendiente más pronunciada. Me cruco con unos paseantes que ascienden y me dirigo al rio. Esta vez decido no mojarme los pies y eligo cruzar por el viejo campamento y el puente de madera. A poco de coger la senda la montaña me responde. Lo hace mostrándome una paleta de colores verdes de musgo, ocres de helechos secos, marrones de hojas, blancos de nieve, grises de piedra... el rumor del agua me traslada la respuesta que el viento amplifica. Me detengo en un rincón del bosque, escucho y contesto ¡¡¡Prisiiiiiiiiii!!! grito con todas mis fuerzas, como buscándome a mi mismo. Dichoso de haberme encontrado.
El sendero discurre paralero al pequeño cauce, una continuidad de pequeños toboganes repletos de troncos caidos, piedras con musgo, hojarasca, todo ello manchurreado de nieve. Es por esto que estoy aquí. Es esto lo que me llevo hasta aquí. Es esto lo que hará que no me rinda. Porqué no todo es ponerse un dorsal. No es sólo competir. No es necesario darlo todo cada día. Tan sólo se trata de formar parte. En la medida de tus posibilidades. Deprisa o despacio. Sentir, vivir, latir con cada giro del camino, con cada viento racheado y disfrutarlo, no por hacerlo mejor o peor, sino por formar parte de ello.
Así continuo descendiendo hasta la salida del embalse. Nuevamente me detengo para respirar profundo y admirar el paisaje. Tomo unos metros de carretera hasta tomar el primer desvío ancho que sale a la izquierda donde enlazo con la pista. Desde aquí al coche un discurrir tranquilo. Sosegado, pleno de paz.
Estoy muy contento. Apenas son las 10 de la mañana y ya le he sacado mucho a este día. 

Track de hoy


3 comentarios:

Halfon Hernandez dijo...

Preciosa entrada, me encanta la frase "Sentir, vivir, latir con cada giro del camino, con cada viento racheado y disfrutarlo, no por hacerlo mejor o peor, sino por formar parte de ello".

Cuando mas disfrutas, con mayúsculas, es cuando estás unido a la naturaleza y sientes su palpitar y nada mejor que un paraje solitario y brumoso o nevado.

Héctor García dijo...

Y vaya que si le has sacado al dia...le has sacado a la vida. A tan tierna edad y cuantas preguntas con "vagas" respuestas ¿no?.
En ésta entrada nos dejas claro la avidez de la soledad que necesitabas para poder recuperar la sintonia con tu cuerpo y tu mente. ¿la encontraste? Te conozco poco Prisi a pesar de la lectura ávida que hago de tus crónicas pero tengo que decir que si te llevas el calificativo de Maestro, por mi parte, es por lo acertadas de tus palabras: precisas en tiempo, cantidad y cualidad. Hoy me has dado que pensar una vez más...

Prisillas dijo...

Halfon. De vez en cuando no sólo es bueno, sino necesario sentirnos a nosotros mismos.
Para eso integrarse en el medio, y en soledad, es mano de santo.
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Hector el calificativo es exagerado sin duda. Simplemente comparto experiencia. Habrá a quien le sirva y habrá a quien no.
Abro las ventanas y dejo que el aire entre y ventile mis pensamientos. Nada más.